Proyecto DTEV

Enseñar y aprender tecnología en entornos virtuales.

Agarrado de la mano de su padre

Publicado por Luis González en 20 Diciembre 2006

La mano del padreAyer presencié una escena, trivial y entrañable, que hizo revivir en mi una emoción que está en la raíz de mi dedicación al oficio de enseñar.

Viajaba en el Metro y observé a un niño, de unos cinco o seis años, que viajaba con su padre. Estaban de pie, frente a la puerta, esperando que el tren llegase a la estación para salir. Mientras se asía con su mano izquierda, a la mano de su padre, no dejaba de curiosear y explorar con su mano derecha todo lo que estaba a su alcance. Con su dedito trataba de levantar la junta de goma que sujeta el cristal: ¿cómo es tan fuerte y a la vez flexible esta cosa negra? ¿el cristal está metido dentro de la goma?

Luego pasó a la manija que activa la apertura automática de la puerta. Giraba el pomo y miraba a su padre buscando confirmación: ¿se hace así? Empujaba hacia arriba la manija y volvía a mirar a su padre: ¿por qué no se abre? ¿qué hay que hacer? Naturalmente, el padre aprovechó la llegada del tren a la estación para enseñarle: ¡Ahora! Empuja hacia arriba, ¿ves? Y la puerta se abrió regalando al niño un momento de gloria.

Me hubiese gustado intervenir. Siempre he sentido este deseo de enseñar a ese niño, a todos los niños, lo que yo pueda saber. Y esa cara de satisfacción del niño, que ve su curiosidad satisfecha, ha sido siempre mi recompensa. Aunque mi formación es de ingeniero, siempre he sentido predilección por esta otra actividad, la de enseñar los misterios de las cosas que giran, se mueven o se encienden.

Al presenciar la escena del Metro y sentir de nuevo esa emoción del descubrimiento me preguntaba ¿cuándo se pierde ese deseo irrefrenable de aprender? ¿cuándo hemos perdido el placer de enseñar? ¿cómo y por qué lo perdemos? Me gustaría conservar ese momento mágico, en el que el niño confía en su padre y está dedicado enteramente a explorar y a conocer. Se agarra firmemente a la mano grande de su padre y, seguro desde esa atalaya del cariño, se dedica a investigar. Me gustaría que todo el mundo pudiese conservar para si ese deseo, el brillo en la mirada, el apetito de saber, para siempre. Pero no es así.

¿Qué sinsabores, qué desengaños están en el origen de esa pérdida? Puede tener causas biológicas, porque los mamíferos adultos muestran mucha más indiferencia que sus crías. Pero prefiero creer que el ser humano es capaz de mantener el deseo de aprender mucho más allá. Quizá, las recompensas obtenidas del descubrimiento van espaciándose en el tiempo, hasta dejar sitio a la indiferencia, a la certeza de que nada nuevo puede ocurrir. Quizá la falta de estímulos, la ausencia del adulto que acompaña, muestra, interroga, aplaude los logros y estimula al niño.

Y, cómo no, un enfoque equivocado del sistema educativo puede contribuir a esta pérdida. Una institución que ha perdido de vista el placer de enseñar y de aprender y que se ha vuelto fundamentalmente normativa, preceptiva y coercitiva. Éste puede ser el indicador más fiable del fracaso de nuestro sistema de enseñanza: no las tasas de éxito académico, expresadas con cifras y porcentajes, sino la pérdida generalizada del apetito de conocimiento.

Una respuesta a “Agarrado de la mano de su padre”

  1. José Luis Dice:

    Luis, de nuevo, me encanta esto que has escrito; partiendo desde un hecho tan cotidiano y simple llegas a una profunda conclusión e idea. Me gusta mucho.
    José LUis.

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