Proyecto DTEV

Enseñar y aprender tecnología en entornos virtuales.

El papel del profesor de Tecnología

Publicado por Luis González en 31 Diciembre 2006

Un profesor explicandoEl aprendizaje es un trabajo de construcción de significados, que sólo puede ser llevado a cabo por el alumno. En ese proceso e profesor es un me­diador. Su papel consiste en conducir el proceso del aprendizaje, guiándolo y gra­duándolo. En el área de Tecno­logía, el profesor debe conci­liar dos demandas en conflic­to: (1) dar a sus alumnos la máxima libertad para desa­rrollar sus pro­pias ideas, ayudándo­les a desa­rrollar y explorar cualquier punto de vista que, en su opinión, condu­ce a un resultado satis­factorio y (2) pro­por­cionar­les experiencias educativas estruc­turadas, que les aporten seguri­dad y hagan posible alcanzar los objetivos previstos de ense­ñanza.

Para alcanzar un equilibrio pro­ductivo en este conflicto, el profesor ha de saber básica­mente cuándo aportar infor­mación y cómo hacerlo. Debe saber seleccionar los contenidos de es­tudio y propor­cionarlos en el momen­to oportuno, para ajustarse a su planificación, sin violen­tar en exceso el curso natural del interés de cada alumno. Ha de saber, además, graduar el nivel de complejidad al que presenta los contenidos -con más o menos detalle, con más o menos elementos, más abstractos o más tangibles- y el nivel de los resultados que exige -cantidad y calidad de infor­mación, nivel de detalle en la planifi­cación y ejecu­ción, rigor en el uso del len­guaje, etc.-.

A lo largo del proceso de resolu­ción de un problema se producen a menudo situa­cio­nes de incer­tidum­bre para el alumno -¿qué hacer? ¿cómo hacerlo? ¿dónde encontrar?-. La función del profesor en dichas situa­cio­nes no consiste en resolver todos los pro­blemas del alumno, pero tampo­co debe inhibir­se. Ha de guiar su razonamiento, ayudán­dole a formu­larse pregun­tas metódicas cuya res­puesta po­dría condu­cir­le a una probable so­lu­ción de la situación o a tomar una deci­sión acerta­da.

En clase de Tecnología se crean situaciones anímica­men­te deli­cadas para el profesor, cuando el desarrollo de un pro­yecto condu­ce al límite de los conoci­mientos o destre­zas de que dis­pone. La búsqueda de proyectos o actividades interesantes, para los alumnos de último curso, puede crear en el profesor una cier­ta ansie­dad, una sen­sa­ción de inseguri­dad respecto a sus propias capacida­des, inseguridad deri­vada de un pro­yecto cuyo desarrollo escapa a su control. El profesor sabe que no posee todos los conoci­mien­tos del mundo y que pueden crearse situa­ciones en las que, ante la pregunta de un alumno, debe res­pon­der: “no lo sé”.

Así pues, el profesor de Tecnología no es un mero trans­misor, ni posee todos los conocimien­tos que podrían ser necesa­rios ni, muchas veces, los que posee le permiten sentirse seguro. Su papel es el de un conduc­tor del ra­zonamien­to, un guía que enseña al alumno a moverse en un mundo inundado de informa­ción, a buscar y utili­zar datos necesa­rios y a definir los criterios idóneos para tomar una deci­sión.

La inseguridad que siente el profesor es, objetivamente hablando, un re­flejo culturalmente inducido y poco fundamentado. El es un adulto que posee objetiva­men­te más conoci­mientos y expe­rien­cia acumulada que el alumno. El nivel de complejidad y ela­boración de los cono­ci­mientos técnicos en este tramo educa­tivo es lo bastan­te bajo como para que cualquier profe­sor con una forma­ción técnica in­tensa pueda sentirse muy seguro.

Cual­quier proble­ma admite solu­ciones técnicas muy diver­sas, empleando tecno­logías primi­tivas “blandas” (piezas de madera, tornillos y adhesivos por ejemplo) o tecnolo­gías más modernas y “duras” (circuitos electrónicos, sistemas automáticos, etc). Pero siem­pre hay un nivel tec­nológi­co en el que cada pro­fesor y cada alumno se sienten cómodos y segu­ros. Incluso es un in­tere­sante ejercicio de clase someter a un se­vero análisis la utilidad real de determina­das tecno­logías ultra­mo­dernas para re­solver proble­mas que, quizá, se resuelven mejor con tecno­logías sim­ples como, por ejemplo:

  • ¿Cómo sabe el conduc­tor del Metro que todos los viajeros han entrado en sus vagones y puede cerrar las puertas? ¿Con un circuito cerrado de televi­sión o con un espejo? ¿Cuál es la solución más fiable? ¿Cuál es la más econó­mica?
  • ¿Cómo guardar las recetas en la cocina para poder consultarlas rápi­damente en caso de duda? ¿Con un ordenador personal, en un archivador de fichas o con un libro? ¿Cuál es la solución más rápida, fiable y económica?

Finalmen­te, no es tan malo bajar­se del púlpi­to y ofi­ciar a pie de obra, en el mismo te­rre­no en que el alumno se está enfren­tando a sus incerti­dumbres, trabajando con él y propor­cionán­dole seguri­dad.

Durante el desarrollo de una clase, un profesor deberá realizar in­tervenciones pre­vistas de antemano e intervenciones no programadas, exigidas por el desarrollo de la actividad en clase, por las dudas planteadas por los alumnos o propiciadas por el curso de los aconteci­mientos. Las actuacio­nes dirigidas al gran grupo suelen estar previs­tas en la programa­ción y pretenden aprendi­zajes comunes y compartidos. Las inter­vencio­nes no pro­gra­madas suelen producirse a nivel indivi­dual o en pequeño grupo, para corregir disfun­cio­nes, plantear o resolver dudas o aportar información que sólo interesa a unos pocos.

El profesor debe valorar sobre la marcha si una informa­ción reclamada por un alumno o un equipo de trabajo es de interés gene­ral y, en ese caso, difundir­la. Para tener criterios para tomar esta decisión ha de participar, unas veces como obser­vador y otras de forma acti­va, en las discu­siones que se pro­ducen en los dis­tintos equi­pos, pro­por­cionando la ayuda que estime convenien­te.

Para hallar el equili­brio entre las inter­ven­ciones programa­das y la aten­ción indivi­duali­zada debe desarrollar la destreza de organizar y ges­tionar el uso del tiempo: una cantidad de tiempo para expli­car o impar­tir instruccio­nes de trabajo a todos, un horario de consulta de dudas, un tiempo para supervisar el traba­jo de los equipos, parti­ci­par en sus discu­siones o darles ins­truccio­nes específicas y un tiempo para resumir y evaluar expe­rien­cias.

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