Tecnología y cultura
Publicado por Luis González en 2 Enero 2007
En España, la cultura científica y técnica nunca encontró suelo firme. Salvo raras y esporádicas excepciones, la cultura española ha venido marcada por un humanismo de corte literario que, no sólo ignora, sino que desprecia la ciencia experimental y la tecnología. Un debate parlamentario sobre los modos de reducir, en la práctica, la contaminación o una institución como el Deutsches Museum son aquí, sencillamente, impensables.
Se espera que, en España, una persona culta distinga la obra de un pintor impresionista o que sepa, con el programa en la mano, en qué movimiento del concierto se encuentra el pasaje que están ejecutando los músicos. En cambio, a nadie sorprende que reconozca, sin avergonzarse, que ignora cómo funciona su cocina de inducción o cómo reducir el consumo de su frigorífico.
La actividad técnica se asocia, en nuestro imaginario colectivo, al esfuerzo físico y al trabajo sucio o penoso. Está valorada negativamente respecto a otras actividades profesionales basadas en la relación entre personas, en la reflexión o en la representación de intereses. Esta menor valoración social ha alimentado el mito de que la actividad técnica es de menor complejidad intelectual, una ocupación de rango inferior y ha servido para justificar su ubicación en una vía segregada del sistema educativo, para atender a la corriente de fracaso escolar.
El divorcio entre la teoría y sus aplicaciones, entre la actividad discursiva y sus resultados ha producido, en el mercado de trabajo, una absurda falta de correspondencia entre la demanda de técnicos cualificados y la población de jóvenes dispuestos a dedicarse a estas ocupaciones. Ha producido también, en el ámbito personal, disfunciones en la capacidad de afrontar problemas prácticos sencillos, incluso en personas de gran fuste intelectual.
La solución de estas disfunciones reclama del sistema educativo terminar con esta separación mítica y estimular una mejor valoración social de los aprendizajes y experiencias prácticas.
Cada vez es más necesario reforzar la dimensión científica y tecnológica en el bagaje cultural de todo ciudadano. La ciencia y la técnica tienen hoy un peso específico enorme en la vida cotidiana. Sus logros son tan extensos y sus efectos tan profundos que nuestra salud, nuestra seguridad y nuestra vida dependen de ellos.
En contraste con los logros de la ciencia y la técnica, el conocimiento de estos temas por parte de la población es alarmantemente escaso. La mayoría de los productos de la tecnología contemporánea son complejos, obedecen a leyes opacas y su comportamiento tiene algo de mágico para el usuario común. Esa mayor complejidad se oculta tras unos canales de acceso y control de gran inmediatez para el usuario que proporcionan una sensación de poder casi divino, de omnipotencia, que refuerza el aspecto mágico del funcionamiento de nuestros artefactos más avanzados y la aparición de mitologías populares sobre el comportamiento y los “caprichos” de las máquinas.

4 Enero 2007 en 11:28 pm
Estoy de acuerdo con tus reflexiones sobre cultura tecnológica de nuestro país. Me pregunto por las causas que han hecho que esto sea así. Me pregunto también si podrá cambiar y si nosotros podremos hacer algo por ello.
14 Abril 2007 en 12:10 pm
Creo que otra de las causas de la valoración negativa de la cultura científica es la falta de amenidad en quienes deben de transmitirla. En este caso, creo que es de gran valor la lbor de Jorge Wagensberg en el Museo de la ciencia de Barcelona. Ha conseguido que un museo científico sea un lugar ameno y divertido. Os recomiendo su visita.
Saludos cordiales