Tecnología y control democrático
Publicado por Luis en 8 Enero 2007
Otra de las buenas razones por las que la educación tecnológica debe impartirse en la enseñanza obligatoria es de orden político: se trata de la garantizar calidad de nuestro sistema democrático. Algunas decisiones políticas importantes, que afectan a la calidad de vida de muchas personas, están vertebradas en torno a razones técnicas. La política energética, la red de transportes, el plan hidrológico, la recogida y el tratamiento de residuos, la reducción de las emisiones de CO2, son algunos ejemplos de este tipo de decisiones.
Normalmente, los poderes públicos no hacen explícitas las razones objetivas de esas decisiones, argumentando que están avaladas por enjundiosas y aburridas “razones técnicas”, sin entrar en el detalle y reclamando, en cambio, la confianza de los administrados en el buen juicio de sus administradores. Pero en las sociedades democráticas, los ciudadanos pueden respaldar o rechazar la labor de un gobierno en las urnas.
Por eso, a la hora de tomar decisiones controvertidas, como la implantación del tren de alta velocidad, la moratoria nuclear o la incineración de los residuos hospitalarios, por ejemplo, cuando hay que equilibrar los deseos y las posibilidades, los beneficios obtenidos y las repercusiones de tal decisión, la formación y la información son garantías de libertad. Un ciudadano de una sociedad libre no puede estar desinformado. De lo contrario, las “razones de estado“, la simple ideología o el tráfico de influencias se imponen a las razones de equilibrio, libertad de opción democrática y respeto al entorno natural y cultural.
Algunas decisiones tecnológicas de envergadura, adoptadas por las grandes corporaciones industriales, también comportan repercusiones y riesgos que afectan a muchas personas. Consideremos por ejemplo, la producción de gases refrigerantes, los cultivos transgénicos, la extensión de nuevas redes de antenas de comunicaciones o la inundación de un valle para proporcionar agua a una planta energética. No se trata solamente de los potenciales riesgos para la salud, que puede haberlos, se trata también del impacto social y cultural incontrolado de estas decisiones.
Hasta ahora, la introducción de nuevas tecnologías se ha hecho libremente, sin contar con una evaluación previa de su posible impacto ambiental y cultural, de sus consecuencias económicas. Las nuevas tecnologías tienen tal poder de difusión y penetración y sus consecuencias son tan globales que deberían ser evaluadas. También para ello se necesita un buen nivel de formación e información en los ciudadanos.
